Fotografía de Sparky the neon cat
Es curioso lo que me ocurrió esta tarde volviendo del trabajo.
Venía absorto en algunas sensaciones entorno a mi codo.
Una vieja lesión recidivante me ha echado en manos de un osteópata que me está haciendo descubrir algunas sensaciones corporales completamente nuevas para mi.
De repente, tras de mi, escucho una conversación entorno a lo fácil que ha sido robar varios artículos en el supermercado a pesar de que tienen cámaras. Alguien se jacta de que por culpa de los chicles se ha disparado la alarma y han tenido que salir corriendo.
Dada mi velocidad en los últimos tiempos, la conversación se me echa encima y cedo el paso a dos muchachos y muchachas ninguno de los cuales sobrepasaría los catorce años.
Visten ropa de la que ellos mismos califican de "guay"; tienen un aspecto impecable (cortes de pelo inclusive) y lucen algún reproductor de MP3 y teléfono móvil de aspecto "último grito".
Y acaban de robar un paquete de chicles y otro de donetes de los de chocolate.
Alucino en colorines.
Uno solo de los piercings que luce alguno de ellos vale 100 veces más que el precio de lo sustraido.
Y yo, les cedo el paso.
Lo mismo he hecho cuando al cruzar un paso de cebra un coche poco dispuesto a respetarlo me hace amago de intentar cruzarlo.
Le dejo pasar.
También a la pareja con la que me cruzo en un tramo estrecho de la acera y que parecen inmersos en una carrera de Fórmula 1 conduciendo un cochecito de bebé en quinta y a fondo.
He esperado a que el muñequito verde apareciera para cruzar un semáforo, a pesar de ser el único de los presentes que ha adoptado dicha actitud (otros cuatro cruzaron sin esperar el verde).
Entré a comprar en el supermercado y cedí el paso en la caja a una señora que apenas llevaba una barra de pan. Yo solo llevaba dos artículos, pero creí percibir en la señora que tenía prisa por salir de allí.
Y cuando fui a salir del supermercado, una encantadora pareja de viejecitos accedía a él en ese momento.
La señora ya había cruzado la puerta.
Le indiqué al señor que pasara.
Me hizo un gesto para que saliera yo primero.
Insistí en que por favor, pasara él.
Mi dijo que no lo haría hasta que yo saliera.
Salí dándole las gracias en valenciano.
En el mismo idioma me respondió "de nada".
Nuestras miradas se cruzaron en el instante de mi salida.
El hombre había descubierto, mucho antes que yo, el auténtico valor de ceder el paso.
Artea.