01 agosto 2009

La buena muerte

Desembocadura

Fotografía dee masaimanta

El pasado jueves, mientras saboreaba un café en compañía de un amigo, el alma de mi padre acababa de decidir que no despertaría de la siesta que había iniciado apenas media hora antes.

Un llamada a mi teléfono móvil confirmaba la noticia de su muerte.

Avisé a casa, recogí mis cosas de la oficina, cerré el ordenador y me fuí paseando, como siempre hago. Era el mismo trayecto diario, aunque obviamente, todo me parecía completamente distinto. En esa media hora, el recuerdo de su rostro a lo largo de estas últimas semanas, se iba configurando en una suerte de tristeza por su pérdida unida a una profunda serenidad y sosiego. El capítulo final había llegado.

Me hubiera gustado estar a su lado y tomar su mano entre las mías; pero ya se sabe que estas cosas no pueden preverse, y mucho menos cuando un acontecimiento de esta índole sobreviene sin ser esperado.

En todo caso, habíamos tenido mucho tiempo antes para decirnos cuanto había que decirnos. Nuestra despedida ya se había materializado meses atrás. Era momento de dejarle marchar y respetar el suceso tal y como se había producido.

Dejar este mundo en mitad de una siesta, en ausencia de todo dolor, en tu sillón favorito, frente a tu mujer y con una nuera a tu lado es, en mi modesta opinión, una buena muerte; que yo, desde luego, firmaba ahora mismo.

Ayer, tal y como era su deseo, depositamos su cuerpo en el cementerio; y con el sellado de su nuevo hogar dábamos por cerrado el capítulo correspondiente a la vida de Juan en este mundo.

Hace más de diez años, en su primera crisis pulmonar seria, un médico me recomendó despedirme de él. Su estado de salud en aquel momento, era tan delicado que nadie daba un duro por su continuidad entre nosotros. Y yo lo hice.
Salió de allí colgado de una botella de oxígeno; pocos años después superó una delicada intervención quirúrgica, consecuencia de un cancer de colon, que le costó la extirpación total de este órgano, cuatro días en coma (como él decía: con todos los gastos pagados) colgado de máquinas que hacían todo por él y una cicatriz de la que solíamos hacer algún que otro chiste.
Después sobrevino el cancer de próstata, que durante casi cinco años ha exigido un tratamiento mensual con agentes quimioterápicos.
Últimamente su cuerpo se estaba llenando de manchas oscuras que a cualquiera, en su sano juicio, hubieran acojonado.
Habíamos convenido ignorarlas. A fin de cuentas, a su edad era poco probable que tuviera que exhibirse en la playa.
Parece que sus ganas de continuar visitando médicos habían tocado techo.

Todo esto, hoy, carece ya de importancia alguna.

Aunque, para quienes creemos que la muerte no es otra cosa que un paso más en el camino de la vida, este acontecimiento no significa -en modo alguno- ningún drama.

Papá sigue caminando, y muy probablemente de un modo mucho más ligero y firme. Ya no tendrá que cargar con su mochila de oxígeno, ni tampoco recordar qué medicación tomar según el tramo del día en que se encontraba. Así podrá alcanzar cimas que, antes resultaban inviables para su delicado cuerpo.

Guardo en mi mochila la autorización para su próximo tratamiento de quimioterapia, que había gestionado apenas un par de días antes.
Supongo que me vendrá muy bien encender un fuego en su honor usándola como combustible.
Ya no tendré que verle colgado de tubos conectados a bolsas colgadas de tristes soportes metálicos, pidiéndome que le diera un poco más de velocidad al gotero para acabar antes y marchar a casa.
Ya no será necesario, por inutil.

Probablemente a estas horas esté riéndose de todo esto, y seguro que agradeciéndonos a todos nuestros desvelos.

Su horizonte se ha hecho mucho más grande.
El estrecho límite que suponían las paredes del río de su vida, por fin, han dado paso al amplio y profundo mar.
El pequeño cubo de agua, que le fue confiado en 1927 y arrastró a lo largo de su existencia, navegando como pudo en este rio -siempre en movimiento- que es nuestra pequeña vida...ha podido finalmente volcarlo en el mar.

Ese agua, a mi modo de ver, era su esencia y su alma.
Ahora ya forma parte del oceano.
Es una gota más entre muchas otras, todas ellas exactamente iguales.
Su individualdad ha dado paso a una unidad "mucho más grande".
Y al fundirse en esa unidad mayor, abandonando su pequeño yo, sus horizontes son, ahora mismo, infinitos.

Ya no veremos más su pequeño y fragil cuerpo,
buscando una sombre en el parque,
donde aplacar el calor,
y una agitada respiración.

Salvo que decida gastarnos alguna broma.
¿Quién lo sabe?

Descansa en paz, papá.
Nos dejas un gran vacío,
que tendremos que ser capaces,
de llenar con tu recuerdo.

Allá donde estés, disfruta cuanto puedas.

Artea: El hijo de Juan

PD.- Gracias a todos los que, de uno u otro modo, me han acompañado en este acto final. Muchas gracias a quienes lo han hecho con su presencia, y muchas gracias también a quienes no han podido hacerlo más que a través de un mensaje o una llamada telefónica. Para todos mi cariño.
Hoy mismo inicio mis vacaciones (hasta en eso ha sabido elegir el día adecuado para dejarnos). Unos días de paseos entre pinos me vendrán muy bien. Nos vemos en septiembre.