04 julio 2008

Semaforo

Semáforo


Cualquier lugar -y cualquier momento- puede ser el ideal para tomar contacto con nosotros mismos. Es lo que creo.
Desde hace bastante tiempo algo me dice que puedo andar el camino sin demasiadas algarabías.
Pienso que dentro de cada uno hay lo que hay, simplemente eso.
Creo que todos tenemos "algo" ahí adentro que pugna por salir. Todos, en el fondo, lo sabemos.
Así pues, lo que tenga que aflorar -ya sea para nuestro gozo o verguenza- lo hará. Simplemente cuando las barreras (o defensas) que nos hemos impuesto caigan.
Y ese momento -la mayor parte de las veces fugaz- en que nos sentimos "conectados" con nuestro adentro más profundo, acontece cuando menos lo esperas.
De ahí mi especial interés por lo cotidiano...por el momento presente.
Es en ese justo instante en que esto sucede cuando encontramos ese espacio de auténtica presencia que no necesita ser definido ni argumentado. Su propia vivencia es la que importa. Porque en la medida en que incrementemos esos pequeños momentos, este pequeño espacio se irá agrandando; y esa suerte de conciencia no condicionada, manifestando en mayor medida, intensidad y duración.

Bajo esta perspectiva inicio una nueva categoría en el blog donde, simplemente, me limitaré a relatar momentos de mi vida cotidiana y describir las sensaciones que me provocan. Cada uno de ellos se hilvanan en el hilo de mi búsqueda de lo profundo.
Una idea de la "vivencia interior" (o espiritual, si se prefiere) bastante alejada de los arquetipos tradicionales, pero que probablemente pueda resultar clarificadora para muchos caminantes.




Semáforo (3 de julio de 2008).

Esperando ver aparecer a un monigote verde miré a mi alrededor.
El ruido de la calle, el tráfico y las obras vecinas eran atronadores.
Imposible escuchar el canto de los pájaros que revoloteaban en la palmera.
Una bocanada de humo se me atragantó.
Marca Fortuna, ¡el que yo fumaba!.
Su propietaria, situada a mi izquierda, la dejó escapar sin previo aviso ni medida.
Un señor engominado hasta las cejas vocifera sobre un móvil sus intimidades laborales, en pleno palco público.
Otro, también muy bien vestido, ojea un periódico salmón con cara de preocupado.
Una fresca brisa alivia mi maltrecho olfato. Respiro profundo. El viento sopla del mar.
Se agolpa la gente, y el espacio vital se va reduciendo.
Todos tomamos posiciones y encogemos los hombros.
Enfrente, otros supuestos antagonistas a la dirección de mi paso, esperan la señal de partida.
Dos de ellos se adelantan, impacientes, quedando en mitad de la avenida, a merced de las ruedas.
Varios de los de mi "lado" han abandonado ya la seguridad de la acera, desafiando el espacio a los motores.
Yo continúo observando, y sintiendo. Como si fuera a la vez espectador y protagonista de una película.
De repente, alguien da un paso, y todo el mundo se avalanza sobre las marcas blancas de la calzada.
El monigote sigue rojo. Se oyen sonar las quejas de los conductores en forma de agudo y penetrante sonido.

Y yo me he quedado solo, a esta parte del rio de asfalto.
Esperando ver aparecer al monigote verde.

Recuerdo que al venir a Valencia, hace ya unos cuantos años, mi madre me dijo que mirara al cruzar los semáforos.
Tenía 20 años.
Ahora caigo que en mi pueblo, de pequeño, no los había.

Artea

4 comentarios:

Lughnasad dijo...

En el pueblo donde vivo sigue sin haberlos. Es más, en todo el ayuntamiento, que tiene una superficie considerable, no hay ni un sólo semáfaro. Tengo que hacer varios kilómetros para encontrar el primero y te juro que no los echo de menos.
Por desgracia donde trabajo si los hay, aunque al ser una ciudad pequeña, es llevadero.

Artea dijo...

Un lujo vivir en un lugar sin semáforos.

Porque seguramente las cosas que sí tiene superarán a las que carece.

Al menos creo que así será en relación a mi escala de valores.

Un abrazo Lughnasad.

;)

Danielfuengirola dijo...

Bonita entrada que nos recuerda que en el ajetreo diario esperando las cosas que tienen que venir, pararse ver que te rodea, sentir, donde estas, apreciar los detalles, para mi son esos momentos de conectar con mi interior en momento presente.

Los semáforos a veces, cuando me paro (en bicicleta para no perder la costumbre) no espero impaciente la luz verde, observo la gente que pasa, si sonríen, están triste, con prisas, cada persona con sus solitarias historias.

Artea dijo...

Cualquier momento es bueno para conectar con uno mismo y con todo lo que le rodea.

El momento, las circunstancias, algo condicionan... pero poco importan.

Siempre que uno de verdad quiera, claro.

Un saludo Daniel.