01 diciembre 2007

El camino del boyero

Vacío



También conocida como “Los Diez Toros” esta historia Zen se atribuye a Kakuan Zenji, maestro zen chino del siglo XII, y está compuesta por una serie secuencial de diez imágenes a las que acompañan diez poemas.

Plagada de simbología.
El buey representa al eterno principio de la vida: la verdad en acción.
La propia serie simboliza los diez pasos secuenciales que el discípulo debe recorrer para acceder a su propia naturaleza, o camino del despertar.

Me parece oportuno traerla hasta este camino, acompañándola de los comentarios -que me han parecido reveladores- obtenidos de un artículo publicado en el nº 2 de la revista Sufí firmado por Ana María Schlüter Rodés, maestra Zen muy apreciada en mi hogar.



1.- Buscar al buey

Boyero 1


Recorro interminablemente los pastos de este mundo en busca del buey.
Atravieso innumerables ríos, perdido en impenetrables perfiles de distantes montañas.
Fallece mi fortaleza y se agota mi vitalidad, no encuentro el buey.
En la noche sólo oigo el chirriar de las cigarras a través del bosque.


En el primero de estos cuadros aparece un campesino que ha perdido su buey, es el ser humano en busca de su más profundo yo o yo-mismo. “Perdido en los bosques, aterrado... está buscando a un buey que hallar no puede… En la espesa maleza sigue muchos senderos. Cansados los huesos, doliente el corazón.” En realidad, el darse cuenta de que le falta algo muy importante, que ha perdido algo esencial, ya es un gran paso. Muchos viven sin siquiera darse cuenta de que les falta algo.

2.- Ver las pisadas

Boyero 2


!Junto a la ribera bajo unos árboles, descubro huellas!
Incluso sobre el fragante pasto veo sus pisadas.
Están en lo profundo de las montañas remotas.
Este rastro no puede ocultarse a ninguna nariz que apunte al cielo.


En el segundo cuadro, el pastor descubre las huellas del buey. “Ha visto innumerables pisadas en el bosque y a orillas del agua... Nada logra ocultar la nariz de este buey que llega hasta el mismo cielo.” En realidad nada lo puede ocultar, es evidente. El pastor empieza remotamente a darse cuenta al descubrir sus pistas a través de personas, acontecimientos, enseñanzas que le van orientando; persigue el camino que le marcan, en este caso practica Zen.

3.- Ver al buey

Boyero 3


Oigo la canción del ruiseñor.
El sol es cálido, la brisa suave, los sauces verdean a lo largo de la ribera.
¡Aquí ninguno buey puede ocultarse!
¿ Qué artista podría dibujar tan soberbia cabeza, cornamenta tan majestuosa?


De esta forma -es el tercer cuadro- descubre, o redescubre, al buey, nada más un poco por atrás, pero es el buey. “Trina un ruiseñor en la enramada, fulgura el sol en las salcedas ondulantes ¡ahí está el buey! ¿Dónde iba a poder esconderse? ¿Qué artista sería capaz de retratar esa espléndida testuz, esos majestuosos cuernos?” Es imposible expresarlo. Esto es un primer momento de despertar, ken-sho, se dice en japonés, literalmente significa: ver la realidad. Un primer despertar no hace a un despierto, o buda; es sólo el principio, el tercero de diez cuadros.

4.- Atar al buey

Boyero 4


Lo apreso con feroz lucha.
Su gran poder y voluntad son inagotables.
Desde la colina embiste a la inalcanzable nube lejana.
O permanece en un barranco impenetrable.


En los siguientes, desde el cuarto al séptimo, se refleja el proceso de transformación que va teniendo lugar a partir de este momento. Es decisivo para que el proceso avance, llegar a atar al buey, una disciplina, de lo contrario se vuelve a escapar. “Tiene que atarlo corto y no soltarlo, porque el buey es arisco todavía, ya arremete contra las cumbres, ya se refocila en brumoso desfiladero.”

5.- Domar al buey

Boyero 5


Preciso el látigo y la soga.
De lo contrario, se escaparía por caminos polvorientos.
Si está bien domesticado, llega a ser dócil con naturalidad.
Entonces, sin herraduras, obedecerá a su dueño.


En el siguiente “Tiene que tirar de la reata, para que el buey no se le escape, porque puede perderse en los fangosos tremedales.” Ocurre como dice San Juan de la Cruz con otra imagen: cuanto más se arrima el leño al fuego, más empieza a sudar y respendar, sale a relucir toda la humedad que antes ni se sospechaba que hubiera. De esta forma se va curando. Es un proceso de purificación fuerte. “Cuidado como es debido, se hace limpio y manso. Sin rienda sigue dócilmente a su amo.” Esto es lo que se ve en el quinto cuadro.


6.- Cabalgando sobre el buey volver a casa

Boyero 6


Monto el buey, lentamente regreso a casa.
El son de mi flauta endulza la tarde.
Marco con palmas la armonía que me acompaña, y dirijo el ritmo eterno.
Quien oiga esta melodía se unirá a mí.


En el sexto llega a soltar las riendas y está sentado libre tocando una flauta. Es un cuadro, ya no de lucha sino de alegría y paz. “Cabalga libre como el aire… Donde quiera que vaya levanta una brisa fresca, mientras en su corazón reina una honda tranquilidad. ¡Este buey no necesita un solo tallo de hierba!” Sobran todas las palabras. Pero aún sigue habiendo dos, pastor y buey.

7.- El buey olvidado. El hombre mismo solo.

Boyero 7


A horcajadas sobre el buey, llego a mi hogar.
Estoy sereno.
El buey también puede reposar.
Empieza a amanecer.
En el plácido descanso, bajo el techo de mi morada, abandono el látigo y la soga.


El poema del séptimo cuadro dice: “Solo, a lomos del buey logró volver a casa. Pero ¡hete aquí! el buey ha desaparecido.” Ya no son dos, se ha producido una gran unidad, el boyero es el buey, el ser humano errante y superficial se ha fundido con su ser más profundo. Pero aún queda la conciencia de sí mismo.

8.- Hombre y buey olvidados

Boyero 8


Látigo, soga, mismidad, y buey, todo llega a "no-ser".
Este cielo tiene tal amplitud que ningún término puede abarcarlo.
¿ Como puede existir un copo de nieve en un fuego ardiente?
Aquí hay huellas de patriarcas.


El octavo cuadro, el primero de los tres últimos, es un círculo vacío, en realidad no es un cuadro sino más bien una imagen de lo que no tiene imagen, como dice Ueda Shizuteru. Es la experiencia de haber desaparecido, es “morir la Gran Muerte”. Descubrir a raíz de ello que el verdadero yo mismo no tiene imagen, no tiene forma, es no-yo, no nace ni muere. “Látigo, rienda, buey y hombre pertenecen igualmente al vacío… Cuando se cae en la cuenta de este estado, se llega a comprender por fin el espíritu de los antiguos patriarcas.”

9.- Volver al origen

Boyero 9


Demasiados pasos se han dado para regresar a la raíz y la fuente.
!Mejor hubiera sido sordo y ciego desde el inicio!
Morar en la propia intimidad, indiferente a lo de fuera.
Las aguas del río fluyen plácidas y las flores son rojas.


Objeto y sujeto han desaparecido, y las cosas son simplemente como son. Ha vuelto a ser un hombre ordinario. De la Gran Muerte surge la Gran Vida. Esto es lo que se representa en el noveno cuadro, en el que suele aparecer la mayoría de las veces un paisaje, un río, flores, mariposas. “Ha regresado al origen, ha vuelto a la fuente; sus pasos no han sido en vano. Es como si ahora estuviera ciego y sordo… no apetece las cosas de fuera.” “Apetece un no sé qué que se halla por ventura”, diría San Juan de la Cruz, “del divino ser tocado/ tiene el gusto tan trocado/ que a los gustos desfallece.” Ya no ve la mera belleza exterior, en este sentido está ciego y sordo y no apetece las cosas de fuera. ¿Qué es entonces lo que ve? “Los ríos fluyen como fluyen, las flores florecen como florecen, de modo natural.” Aquí es donde tiene lugar la experiencia de la belleza oculta, de lo verdaderamente bello, en el Zen. Sobre este cuadro habrá que volver.

10.- Entrar en el mercado con las manos dispuestas a ayudar

Boyero 10


Descalzo y con el pecho al descubierto, me mezclo con la muchedumbre.
Mis ropas son andrajosas y polvorientas, y siempre mantengo la placidez.
No uso magia alguna para prolongar mi vida.
Ahora, ante mí, los árboles muertos aparecen vivos.


Este último cuadro, el décimo, es muy importante y característico del Zen, que ha surgido en el ámbito del Budismo Mahayana, cuyo ideal es el bodisatva. Este, desde la experiencia de la unidad con todos, percibe el dolor de los demás como suyo propio y desde ahí libera, salva. Zen es experiencia del vacío, de lo que no cae en sentido, y es compasión. Esto se ve en el último cuadro, cuyo poema reza: “Desnudo el pecho y descalzo entra el hombre en el mercado. ¡Está cubierto de barro y polvo, pero cómo sonríe! Sin recurrir a poderes místicos (parapsicológicos, se podría decir) hace florecer en un momento los árboles marchitos.”